jueves, 3 de diciembre de 2015


Una ducha viajera.

 

Suelo ser bastante remolón para programar un viaje, por algún motivo no siento necesidad de cambiar de lugar, no es que no me guste hacerlo cuando el programa está hecho, más aún disfruto de ellos, pero no siento el deseo de salir, y considero además que el mundo seguirá girando sin que yo lo pise en toda su extensión.

Contrariamente a esto, suelo viajar a bajo costo en mis recuerdos, este suele ser uno de los entretenimientos en que me sumerjo más a menudo, un sillón, una sala de espera o simplemente mirando la nada misma, llegan a ser el carro en que me subo para volar; últimamente encontré que al ducharme, le robo un tiempo a los quehaceres, y aprovechando la suave y tibia lluvia, cierro los ojos para viajar; es tal la sensación de mi imaginación que al salir del cubículo podría encontrarme, en cualquiera de los lugares por mi visitados, quizá en un hotel en Roma o de vacaciones en el mar, subido a un crucero o quizá en la casa de mis padres hace muchos años, las vivencias son tan frescas que suelo permanecer varios minutos más tratando de mantener esa ilusión, solo es imaginación, y quizá el perfume a limón de un jabón me deje en la isla de Capri, o el del shampoo que olvide cuando visite la casa donde nació el César en Rochetta. En fin, ese soy yo; regocijado y sonriente me seco y retorno de nuevo a casa.

 

Rodolfo Leone

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